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Sus pasos la alejaban a través del camino angosto que la había traído aquí. Cada piedra, cada árbol, cada rama caída le recordaban aquello de lo que huía, y por eso aceleraba en su caminar hacia cualquier otro lugar. No importaba donde, lo importante es que iba a ser lejos, muy lejos de aquí. Atrás quedaban la ilusión y la esperanza de volver a empezar, un recuerdo borroso que resbalaba por sus mejillas entre lágrimas de rabia y desconcierto.

Qué injusta había sido aquella decisión, qué crueles las personas que la habían tomado, qué hipócritas aquellos que la habían secundado, qué cobardes todos. Ella jamás ocultó su don, había llegado dispuesta a enfrentarse a los prejuicios para construir allí su hogar y mantenerlo toda la vida. Ellos conocían las dos caras de su verdad, les había abierto todo un mundo de posibilidades para conseguir la felicidad pero también les advirtió que los deseos, a veces, también pueden ser muy peligrosos.

Ese era su don, hacer realidad los deseos de los demás. Al principio, de  niña, experimentó la satisfacción de poder hacer feliz a sus semejantes. Con la edad fue descubriendo que las personas nunca son lo que parecen, que todas en su alma esconden, aletargado, el germen de la bestia que fueron en el origen de todas las cosas y que la ambición humana siempre lo despierta. Ahora, desterrada, recordaba de nuevo lo que jamás se cansó de repetirles: “Tened cuidado con lo que deseáis, puede hacerse realidad”.

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